"Algo no andaba bien, su cara de cansancio al hacer todas sus actividades rutinarias no era algo normal"

¿Por qué me duele?

Por Denise González
Hace 3 años, mi madre de 49 años comenzó a sufrir de síntomas poco frecuentes. La energía de aquella mujer que durante toda su vida había sido como un torbellino, iba decayendo; cada vez era más común verla levantarse un poco más tarde de la cama, verla acostada cuando todavía no anochecía o llamarla en horas del día y escuchar su voz adormecida al teléfono. Toda su vida había sido la persona más ágil que había conocido, era un ir y venir a todos lados, era la que me levantaba por las mañanas ya teniendo el desayuno listo, y la que me arropaba por las noches un par de horas antes de que ella fuera a la cama.

Me demostró su valentía meses más tarde, cuando recibí una llamada telefónica de mi hermana mayor para informarme que mi madre efectivamente, llevaba más de 6 meses yendo a doctores para encontrar la razón a sus dolencias. Durante estos meses ella estuvo buscando ayuda sin compartir su dolor, sin aceptar ante su familia que algo le estaba pasando. Se sabía tan poco de esta enfermedad que en principio fue pre-diagnosticada con cáncer de huesos, pero finalmente fue diagnosticada con Fibromialgia. Esta enfermedad se caracteriza por un dolor crónico, fuerte y persistente de todo el cuerpo. ¿La buena noticia? No tenía un cáncer con el cual luchar y podía seguir con su vida. ¿La mala noticia? La fibromialgia no tiene cura, tenía que vivir con ella aunque esta la reventara de dolor.

“Algo no andaba bien, su cara de cansancio al hacer todas sus actividades rutinarias no era algo normal”

En principio fue un alivio saber que su vida no estaba en peligro, pero con el paso del tiempo y sin medicamentos específicamente recetados para la fibromialgia, esto comenzó a ser un grave problema.
Yo pasé de ser esa hija inquieta y que siempre jugaba con ella, a ser esa que prefería no tocarla para no hacerle daño, que no quería que me hiciera el desayuno o la comida para no empeorarla, deje de pedirle cosas, deje de pedirle ayuda, hasta que un día se plantó frente a mí y me dijo:

“Todavía tengo fuerzas para jugar contigo, todavía tengo energía para consentirte, y me duele más que me trates como una enferma, que el mismo dolor que me causa la enfermedad”. Aquí las dos aprendimos una lección, ella necesitaba ayuda para encontrar cualquier método posible para calmar sus dolores, y yo entendí que ella necesitaba a la hija que tenía antes de ser diagnosticada.

Buscamos ayuda con la medicina alternativa y con el ejercicio. Nos dimos cuenta que andar y nadar eran dos cosas de las que podía seguir disfrutando, y que aunque tenía que vivir con esta enfermedad, ella podía mantener su calidad de vida, y así lo hizo.

3 años después sigue sus mismas rutinas; se levanta a andar 2 kilómetros, se mete a la piscina cada segundo día, sigue trabajando, sigue yendo a hacer las compras, sigue disfrutando de los desayunos con las amigas, y sigue disfrutando de nosotros: su familia.

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